Almería

Esta ciudad en plena transformación, esta ciudad que vive ahora una de las grandes encrucijadas de su historia (que no han sido pocas, por cierto), es una ciudad crecida a oleadas que se pueden perfectamente distinguir desde cualquier altura que nos ofrezca una perspectiva completa (algo no fácil) de la capital de nuestra provincia o desde el mismo mar. 

Almería, la ciudad cuyo nombre procede del topónimo árabe Al Mariya, que significa torre vigía o atalaya), se extendió siempre de poniente a levante, desde el cerro al llano, y ha sido el producto de cuatro grandes oleadas: la de la Almería árabe, a lado y lado de la Alcazaba y a las faldas del cerro seco; la Almería cristiana, nacida sobre los escombros del terremoto de 1522 y que llega hasta lo que hoy es el Paseo; la Almería burguesa, que moderniza la ciudad y alcanza la Rambla, ahora por fin avenida; y la Almería desarrollista, que salta la Rambla, se empuja hasta el río y (característica fundamental que ha marcado nuestra ciudad) rompe su fisionomía de siempre. 

“Almería es como un cubo de cal arrojado al pie de una montaña gris”, escribió Gerald Brenan sobre la ciudad que encontró en los años veinte. Era la “Almería de los terraos” que tanto gustó al poeta Rafael Alberti, que la recuerda así en La arboleda perdida: “Almería me gustó. Era como una avanzada de Africa. Cuando de noche soplaba el terral, un viento ardiente del desierto, amanecían los zaguanes inundados de arena. El sol de primavera calentaba como si fuese de verano. Un mar tibio y azul me permitía bañar casi todos los días. En la playa o entre las palmeras del Parque comencé las canciones destinadas a la última parte de El alba del alhelí. Una linda muchacha filipina era mi amiga. Sus padres la habían dejado un tiempo con mi hermana al trasladarsea Madrid. Con ella recorría las azoteas, escuchando, como en el Puerto de Santa María, las conversaciones de las cocinas por la ancha boca de las chimeneas. ¡Qué hermoso era, luego de anochecido, permanecer juntos por aquellos teados, viendo encenderse las luces las luces de los barcos, dibujarse en el cielo las constelaciones”. 

En la Almería de hoy no es ya fácil ver las luces de los barcos, y en ocasiones ni siquiera las estrellas de la noche, porque la ciudad de seimrpe, la de los terraos, fue destrozada a finales de los sesenta y en los setenta, y sus vistas frecuentemente taponadas. Surgió de ese impulso desarrollista que tan poco respetó nuestro urbanismo, y por lo tanto nuestra propia historia, una ciudad llena de problemas que ahora intenta poco a poco solucionar. A estas soluciones dedicaremos capítulo y grabación aparte y nos dedicaremos en ésta a la ciudad de siempre, a la que ha llegado, mal que bien, a nuestros días. 

El gran monumento de Almería es la Alcazaba, la mayor fortaleza árabe en territorio europeo, un castillo que se alza imponente sobre la ciudad y el mar y del que la reciente autovía de circunvalación ha dado a los almerienses una imagen radicalmente distinta, triangular e igualmente muy bella. La Alcazaba es el gran resto de la Almería árabe, de aquella ciudad de rico comercio que llegó a contar con uno de los puertos más importantes del Mediterráneo y el más importante de la civilizada y activa Al Andalus. 

Sobre el viejo camino de Los Millares neolíticos y la Urci ibérica hasta la montaña que tocaba el mar en el actual castillo de San Telmo, los árabes crearon el arrabal de Pechina que dió origen a nuestra ciudad. La Chanca fue el embrión de Almería, y es aún hoy su barrio más representativo. Barrio milenario que ha perdido ya el “aspecto de pirámide” con el que la calificó José Miguel Naveros, pero que conserva la apariencia de “invención de los sentidos” con que la definió Juan Goytisolo en la obra literaria de mayor valor que se ha escrito sobre nuestra ciudad, La Chanca fue el hilo que empezó a tejer, desde el fondeadero hasta la Hoya y el cerro de San Cristóbal, el asentamiento árabe que iba a culminar en la importante ciudad de Al Mariya. Alrededor de ella, barrio de pescadores y de comerciantes marítimos, se establecieron los barrios judío y cristiano y allí se inició la historia de Almería como ciudad. 

La Chanca es aún hoy uno de los grandes atractivos de nuestra ciudad. Auténtica puesta en escena de sus vecinos, que han hecho a lo largo de los siglos del barrio una especie de inmensa corrala donde las calles y esquinas son un espacio al tiempo público y privado, es el gran emblema de todo la zona de Pescadería y su ubicación es, sin duda alguna, la más impactante de la capital. Barrio históricamente con enormes carencias, muchas de las cuales aún no superadas, La Chanca, cuyas partes más altas han sido ya derruídas, es el barrio menos destrozado de la ciudad, el único cuyo perfil apenas ha sido roto por los edificios altos que han taponado la visión de los barcos y las estrellas que entusiasmó a Alberti, como desde él (o desde la contigua Alcazaba) claramente se advierte cuando observamos la ciudad claveteada de enormes edificios que rompen la armonía de siempre. 

De esa Chanca nace, pues, Almería, la Al Mariya que antes de la primera ocupación cristiana (1147) llegó a contar con 800 telares, con un puerto próspero y activo que recibía barcos de todo el Mediterráneo, con un importante comercio interno de la agricultura del valle de Pechina y de los productos de la minería próxima y con un fragror urbano que el cronista Al Idrisi definió así: “No había en toda España gentes más ricas, ni más dadas a la industria y al comercio que sus habitantes, como tampoco más inclinada ora al lujo y al derroche, ora al afán de atesorar”. 

Aquella Almería “principal ciudad de los musulmanes en tiempo de los almorávides” había crecido ya por el norte, siguiendo el camino de Pechina, hasta la Rambla de Belén, había llegado hasta el mismo borde del mar por la Almedina, tenía un importante zoco en la actual Plaza Vieja, una explanada para el culto donde actualmente se encuentra la catedral, unos importante aljibes (los conocidos como Aljibes de la Peña El Taranto), una importante mezquita del siglo X ampliada a siete naves en el XI (de la que quedan el espléndido muro de la Quibla y el Mirab) y una impresionante fortaleza que, pese a las a menudo pésimas restauraciones sufridas, es sin duda alguna el monumento mejor conservado de la época árabe. 

La estructura actual de la Alcazaba quedó formada entre los siglos X y XI y está constituída por tres recintos, de los que el segundo es el más relevante, en cuanto centro de las principales actividades públicas y privadas que se ejercían en el interior y zona del castillo en la que se construyó, en el siglo XI, el palacio real de Al Mutasin. 

La Alcazaba, ofrece, además, una visión imponente que hace sólo unas décadas era, según Goytisolo, “una de las más bellas del mundo”, y que hoy se resiente de los muchos atropellos urbanísticos sufridos por nuestra ciudad. 

Un terremoto destruyó en 1522 gran parte de la Almería árabe, de la que apenas han quedado, en la zona de la Almedina y de la Plaza Vieja, los pocos monumentos reseñados, partes de la Muralla que cerraba la ciudad y un cierto aire arabizante en el trazado de las calles. Sobre sus ruinas la ciudad se rehizo con los nuevos conceptos que imponía la hegemonía cristiana y se extendió hasta lo que hoy es el Paseo, dejando su más significativa impronta en la Catedral y la Plaza Vieja. 

La Catedral se inició en 1524 y llama a primera vista la atención por su aspecto de catedral-fortaleza, que le confiere una personalidad muy especial y, sin duda, atractiva, imponente por las mínimas concesiones, a parte su bella portada. Con una torre de homenaje terminada en el XVII y un Claustro del XVIII surgido sobre su Patio de Armas, consta de tres naves y contiene algunas obras interesantes como el sepulcro de Fernández de Villalán, de Juan de Orea, y tres lienzos de Alonso Cano (La Anunciación, La Asunción y Santa Teresa). 

La Plaza Vieja, aún hoy frontera de la ciudad, se levanta sobre el antiguo zoco árabe, una explanada rodeada de edificaciones de una o dos plantas dedicadas a fondas, baños y bazares y de los edificios destinados a la administración de la ciudad, que fueron posteriormente utilizados por las autoridades cristianas. Centro también, ya en época cristiana, de los juegos de toros y de cañas, se planeó su reforma mediado el siglo XVII, pero las obras tardaron en comenzar y sólo siglo y medio después adquirió su definitivo aspecto actual. En 1899 recibió, trasladado desde la Puerta de Purchena, el popular Pingurucho de los Coloraos que conmemora a los liberales fusilados en 1824 por el despotismo de Fernando VII, columna que fue demolida en 1943 tras la Guerra Civil y reconstruída con la democracia en 1988. 

La Plaza Vieja, la muy bella Plaza Vieja que ha sido utilizada en el rodaje de diferentes películas, es una de las grandes asignaturas pendientes de la ciudad de Almería. Sede del Ayuntamiento, es una plaza con todos los ingredientes para centrar una activa vida ciudadana hoy reducida a los trámites municipales. Pese a las mejoras en ella y, sobre todo, en su muy deteriorado entorno, la Plaza de la Constitución (que es su verdadero nombre) espera, como en general todo el casco antiguo de la ciudad, la imaginación y las inversiones necesarias para rehabilitar definitivamente una zona de Almería muy bella y de rincones y plazas que no deberían perderse y que, en ocasiones, están auténticamente heridos de muerte. 

Pasada la calle Real, se advierte un salto en el tiempo. Los trazados se alinean, las vías (aunque no mucho) se ensanchan, la calidad de la edificación aumenta. Es la Almería burguesa, la Almería de la expansión del XIX, la Almería de la tercera oleada expansiva, una Almería también muy golpeada por la especulación urbanística de los setenta que hasta hace unas pocas décadas conservaba una armonía unánimente subrayada por cuantos la visitaban y un aire indudablemente neocolonial en muy buena parte perdido. Edificios como el Círculo Mercantil, el Casino (hoy bien restaurado y sede principal de la Junta de Andalucía), la Escuela de Artes (antiguo Instituto y con un espléndido patio), la iglesia de San Pedro (de 1800), la Plaza del Mercado, la Plaza de Toros o la Estación del Ferrocarril (sin duda una de las más bellas de España), calles como el Paseo (pese al enorme deterioro urbanístico sufrido), zonas como el Parque Nicolás Salmerón o la cofiguración definitiva del Puerto nos muestran el espíritu de la expansión del XIX y el crecimiento que, a lo largo de ella, alcanzó la ciudad, que superó la Rambla más allá de la cual había existido hasta entonces sólo vega. 

Esa Almería con numerosas viviendas señoriales de espléndida calidad es la que llegó como modelo de expansión a la mitad de este siglo, pero la Guerra Civil cortó el natural desarrollo de la vida española y, en concreto, el de una ciudad que tuvo que esperar a finales de los sesenta y, sobre todo, los primeros setenta para cambiar su faz, en parte para mal, porque no supieron combinarse los avances que llegaban, por fin, tras décadas del vacío económico que dejaron la minería y la uva y del vacío vital que dejó la perdida libertad, con el mantenimiento de la idiosincrasia de una ciudad. 

Del nuevo urbanismo, poco es realmente salvable. Los edificios de muchos pisos que tachean todo el centro han roto la armonía urbanística de la ciudad y han creado una tensión demográfica disparatada para el diseño vial del centro de la ciudad, de calles estrechas; los nuevos barrios (con la excepción de Nueva Andalucía y la anterior de Ciudad Jardín, que data de dos décadas antes) están por lo general muy mal resueltos y es lo que toca ahora, con las obras que llevan haciéndose desde la llegada de la democracia a los ayuntamientos, arreglar. La nueva realidad de Almería, que ya no es la ciudad atrasada, provinciana y pobre de los años del franquismo, lo exige y estamos, de hecho, en plena nueva expansión, la quinta oleada tras la árabe, la cristiana, la burguesa y la del desarrollismo, que se empujó hasta el río pero que ni supo conservar lo mejor de lo que había ni supo cerrar el diseño de ciudad, dejando partes enteras de ella en situaciones de franca marginalidad.

Almería busca por fin el mar y, con él, la modernización de una ciudad que era muy antigua hasta en la mayoría de lo construído hace apenas dos décadas. Es el gran reto de la capital de una provincia que ha impresionado por su remontada económica y que ha de demostrar en la práctica su capitalidad.

San José

El mayor centro turístico de la zona es San José, un poblado de pescadores que data del siglo XVIII y que ha crecido enormemente en muy pocos años, aunque respetando en lo fundamental unos criterios estéticos de densidad y altura que han permitido mantener dicho crecimiento en unos límites visualmente soportables, pese a la exagerada casa cuartel de la Guardia Civil que domina a poniente la doble herradura del pueblo. 

San José cuenta con un nada despreciable equipamiento turístico. Hoteles y hostales (uno de ellos, en concreto el Hotel San José, fue el escogido como el “lugar para perderse” de la ya reseñada portada de El País), apartamentos, restaurantes, bares y hasta un bonito puerto deportivo le dan al pueblo un inequívoco aspecto de centro vacacional en el que resulta ya difícil advertir, como en los otros núcleos de la costa del Parque, su pasado pescador, aunque no nos encontremos, ni mucho menos, en el típico pueblo de veraneo mediterráneo, visual y poblacionalmente saturado. Pueblo curioso en el que llama la atención la presencia de tejas, aunque sea simbólicamente, en sus edificaciones, algunas de las casas casi metidas en el mar (una de ellas el caserón, de estilo norteño, del más conocido de sus hoteles) y la diminuta iglesia son lo más llamativo de un núcleo urbano cuyo principal atractivo es, con mucho, es de sus bellísimos alrededores, y en especial el de las playas de poniente, camino del cabo de Gata.

Rodalquilar

El mar, símbolo preponderante del planeta y el oro permanente símbolo de la riqueza; uno es abundante, el otro es mas escaso, lógicamente, el doble bien de poseer el mar y oro no hay muchos sitios en el mundo que lo posean, pero uno de ellos está nuestra provincia, Rodalquilar. 

Y espectacular es que tanta espectacularidad conviva con una atmósfera de virginidad absoluta o de fantasmagórico abandono, hasta el punto de que aquí más que en ningún otro lugar del Parque hay que caminar para conocer a fondo la zona, y no sólo por las restricciones al tráfico, sino ora por la imposibilidad de que la historia haya trazado en su devenir algo más allá del camino de cabras, ora por el deterioro de vías que en su día sirvieron para transportar la riqueza minera. 

Merece la pena la caminata, escaleras arriba, para acceder, casi saltando de estructura en estructura, a la boca de la mina y contemplar desde ella las pilas del lavado de aquel oro que dió vida y riqueza desde que una compañía británica se hiciera cargo de su explotación el pasado siglo hasta su primer cierre, en 1923, y, luego, tras su reapertura en el año 33, el definitivo de 1966, cuando se consideró imposible superar una falta de rentabilidad que estudios posteriores han reconocido. Queedó entonces a sus pies un panorama desolador y fantasmagórico que aún impresiona, pese a que el pequeño altiplano que el descarte de los lavados fue haciendo con los años, atravesando de mínimos desfiladeros que recordaban los cañones naturales, haya sido desmantelado sin haber quedado claro que fuera imprescindible, pese a que en el entorno del poblado minero ,en el que alternan fachadas rehabilitadas con casas hundidas, se haya construído, pese a que se hayan abierto un centro cultural y otro científico de la Junta y pese a que la explanada bajo la boca principal de la mina sea a menudo una escombrera que nada tiene que ver con el limpio, por más que duela, deterioro que lleva el poso del tiempo.

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