Adra

Adra es, desde un punto de vista histórico, el pueblo más importante de la provincia de Almería. Ciudad llena de historia marinera y minera, la fundación de Adra data de la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo, hace, pues, casi tres mil años. Su fundación se debió a los marineros fenicios que surcaban el Mediterráneo aportando sabiduría y estableciendo la primera gran cultura comercial de nuestra historia. Al pie de las últimas estribaciones de la Sierra de la Contraviesa, su emplazamiento es el típico de los asentamientos fenicios: con un fondeadero que permitía a las naves protegerse y con un promontorio sobre la desembocadura de un río que facilitaba la penetración al interior y, por lo tanto, el acceso a las minas de hierro. Precisamente ése, la presencia de este preciado material, debió de ser el motivo por el que los fenicios, que conocían la existencia del hierro por su comercio con las poblaciones autóctonas, se establecieron en la zona y fundaron la ciudad ya milenaria, que, como toda ciudad fenicia, contaba con urbanismo en terrazas y hornos de pan. Además, por restos encontrados, se sabe que en la zona se trabajaba el hierro, y no sólo se extraía. Las piezas de alabastro egipcio y de marfil hablan, por otra parte, de la intensidad comercial abderitana.

Adra, por lo que se sabe gracias a las excavaciones arqueológicas y a los estudios históricos, mantuvo su pujanza comercial como colonia griega (del griego deriva el nombre de Abdera, que ha evolucionado a Adra) y bajo poder cartaginés hasta el 206 antes de Cristo, aunque la influencia púnica se prorrogó en el tiempo debido al estatus especial que Roma, imperialista pero sabia, concedió a los principales centros comerciales cartagineses, que gozaban de una amplia autonomía que llegaba a permitir incluso la acuñación de monedas. Existe constancia de una a finales del siglo II antes de Cristo, lo que significa que ya para entonces Abdera había cambiado la economía de intercambio por la más evolucionada de la monetaria.

La entonces Abdera y actual Adra llegó al cénit de su esplendor a partir de la primera mitad del siglo I de nuestra Era, cuando la ciudad se extendía por las colinas próximas al cerro de Montecristo, donde se construyó una factoría de balsas salsarias (hoy enterrada delante de la actual ermita de San Sebastián) y, además del comercio y la metalurgia de antaño, se iniciaba una pujante industria de salazón de pescado que bebía de una vieja tradición conservera ya creada en tiempos fenicios.

La decadencia de Abdera se fija a partir del siglo III, aunque se mantuvo la continuidad de la población al menos hasta el siglo VI. La población abderitana se diseminó por las cercanías creando pequeños asentamientos, a menudo sólo familiares. Adra no volvería a adquirir entidad hasta bien consolidada la sabia España musulmana, cuando se mandó construir una defensa costera que protegiera las alquerías que se habían constituído y florecieron la agricultura de regadío, el cultivo de la morera, la industria de la seda que hizo famosa en general a Almería y, de nuevo, el comercio marítimo, sobre todo durante los diez años en que Almería capital estuvo bajo dominio de Alfonso VII, entre 1147 y 1157.

La Reconquista se produjo de forma pacífica con las capitalaciones de Baza de 1489, pero el levantamiento mudéjar de 1450 culminó con la expulsión de los vencidos a La Alquería, y poco después se inició lo que podríamos denominar como la “era de las fortificaciones”, iniciada por los Reyes Católicos en 1492 con la orden de construcción del Castillo de Adra, continuada con el levantamiento de la muralla que protegiera a los cristianos viejos recién asentados (primera mitad del siglo XVI) y la Torre de Guainos, de poco después.

Mediado el siglo XVI, Adra era el puerto de la Alpujarra por el que salían los productos de la sierra, especialmente el aceite, y por el que entraba el avituallamiento de los pueblos del interior, con lo que empezaba a recuperar parte de un antiguo esplendor que volvería en su integridad a finales del XVI, en el XVII y el XVIII, gracias al cultivo de la caña de azúcar, impulsado desde 1577. El puerto volvió a recuperar su pujanza y la ciudad, por lo tanto, su privilegiada relación con el Mediterráneo, especialmente con los puertos italianos, sobre todo Génova. Comerciantes genoveses controlaron buena parte de la industria azucarera abderitana y Adra logró un fuerto incremento de su población que animó otras tareas agrícolas, de las cuales la más floreciente fue la de la vid, que hizo del pueblo uno de los principales productores de vino de la zona, y revitalizó la pesca.

Y, sobre esta base, se inicia la epopeya del plomo, de la que ya a finales del XVIII hay signos evidentes, aunque es en el XIX cuando la Adra minera y metalúrgica alcanza su plenitud. La Torre de los Perdigones (así llamada por la fabricación, en ella, de perdigones) y la Fabriquilla del Vinagre (cuyo nombre deriva de la utilización del vinagre en la obtención de plata a partir del plomo argentífero), ambas recientemente rehabilitadas, pertenecieron a la Casa Fundición San Andrés, un complejo metalúrgico nacido de la compra, en 1837, de la empresa Reín y Cía, que había introducido en los años Veinte del pasado siglo hornos de fundición ingleses alimentados por carbón y una de las primeras máquinas de vapor con la que contó la industria española. La Fundición San Andrés continuó con la inversión en la tecnología más avanzada y fue la más importante de Adra, aunque otras, como la de San Luis, en La Alquería, que aprovechaba la energía hidráulica del río, forman también parte de la rica historia metalúrgica del pueblo.

Sin embargo, la bajada del precio del plomo y el agotamiento de los filones llevaron, al borde ya del siglo XX, a Adra a una nueva crisis de la que no pudieron salvarla los repetidos intentos de reactivar la industria del azúcar. Y se iniciaron, como en otros tantos lugares de la provincia, décadas de depresión y emigración que sólo ahora empezamos aver ya superadas.

Adra, como ciudad del Poniente almeriense que es, vive ahora una nueva epopeya, la de los cultivos intensivos, y lo que en tiempos fue un paisaje marcado por la industria y sus sólidos muros lo es hoy por los invernaderos y sus paredes de plástico, que crecen por todo el término municipal y dominan el panorama desde la sierra, hasta el punto de llegar a rodear la misma Albufera, con el consabido peligro para el equilibrio de su ecosistema. Con unas cotas de crecimiento muy elevadas, Adra ha encontrado su lugar en esta rentable agricultura moderna que ocupa ya cerca del 90% de la superficie agrícola y que está operando de motor económico de un municipio que reconstruye el bienestar y la pujanza que por tres veces perdió a lo largo de su muy dilatada historia.

Pero, junto a ello, se consolida y hasta avanza la actividad pesquera que siempre tuvo su puerto y se afirma una tradición que nunca perdió el pueblo, el de la industria conservera, hoy de nuevo en boga gracias al atún, a una soberbia melva canutera que va abriéndose paso en el mercado como un producto de enorme calidad y a otros tipos de pescado. Dicha industria (y por qué no la de otras conservas: tradición, repetimos, existe) puede y debe jugar también un papel importante en el futuro de la ciudad, que casi siempre a lo largo de los tiempos ha estado a la cabeza de la producción alimenticia.

Paralelamente, empieza a reconvertirse la actividad hostelera (hasta hace poco la atravesaba la carretera entre Málaga y Almería) y cuando, en un futuro esperemos que próximo, sea continuada la Autovía del Mediterráneo, que muere precisamente apenas bordeado el pueblo, hasta Motril y, más allá, el resto del litoral andaluz, se consolidará con toda probabilidad una nueva oferta que ya ha dado su primer paso con uno de los hoteles de más calidad de la provincia. La buena ubicación geográfica de Adra y sus atractivos naturales podrán jugar ese día con toda su fuerza su papel en las rutas del mucho turismo que sube y baja la costa española desde o hacia Europa, sumando a la actual revitalización de su contacto económico con el mundo a través de la exportación hortofrutícola el contacto con el visitante que, como hemos visto, siempre tuvo desde tiempos fenicios y que ha hecho permanecer en ella a casi todas las importantes culturas mediterráneas.

Adra, siempre sabia y valiente, está de nuevo, pues, en medio de la historia, como a menudo estuvo a lo largo de los siglos y como un paseo por la ciudad nos puede demostrar, pese a lo mucho que, tristemente, se ha destruido de su rico patrimonio histórico artístico.

Lo primero que salta a la vista es el esplendor de los siglos XVIII y XIX, y no sólo por los restos de los complejos industriales, sino por el aspecto que confieren a Adra las diversas casas señoriales que encontramos en la avenida principal, la espléndida calle de Natalio Rivas, el subsecretario de Instrucción Pública de principios de siglo que estuvo vinculado desde su infancia al pueblo, y que traen a la imaginación la Adra azucarera y minera, entre neocolonial y andaluza, a la que el mucho dinero circulante dió aspecto de una auténtica ciudad que Pedro Antonio de Alarcón definió entre “cubana, inglesa y berberisca”. Casas como la del Santo Cristo, o la de los Gnecco, o la del Marqués de Valdecañas marcan una impronta que, junto al trazado de la misma calle principal y las adyacentes, al amplio puerto y a los restos de las fundiciones hacen a Adra diferenciarse nítidamente de casi todos las demás poblaciones de la provincia, siendo, con Almería capital, la de mayor entidad urbanística.

Interesantes son, también, algunos de los edificios de carácter religioso, en especial la Iglesia parroquial, cuya larga y ajetreada historia arranca de principios del XVI, cuando se construyó con planta de nave única que fue ampliada a finales del mismo siglo y que tuvo que ser prácticamente reconstruída entre 1621 y 1623, tras la ocupación de Adra por una flota turcoberberisca, por lo que se reforzaron, además, sus elementos defensivos, con lo que adquirió el aspecto de iglesia-fortaleza. Sin embargo, dicho templo fue derribado en la segunda mitad del siglo XVIII y se construyó en su lugar el actual, de tres naves, que fue seriamente dañado por el terremoto de 1804 y tuvo que ser restaurado.

La Iglesia de La Alquería, por su parte, data del siglo XVIII y sustituye a la anterior, de mediados del XVI, que había resultado seriamente dañada durante la rebelión de los moriscos. Interés tienen, igualmente, las ermitas de San Sebastián (cuya portada es considerada parte de la primitiva ermita, que databa de finales del XVI, y delante de la cual está, enterrada, la factoría de salazones de Montecristo) y de San Isidro, de la segunda mitad del XVIII.

Poco se conserva de las fortificaciones abderitanas, algún resto del castillo árabe, tres torreones y algunos lienzos de la muralla y la torre vigía de Guainos Bajos y diversos detalles de la Adra fenicia, griega, cartaginesa y romana en el Museo Arqueológico de Almería.

Pero Adra no sólo cuenta con patrimonio histórico que nos habla de su larga vida, sino también con un importante patrimonio natural, en especial el paraje de Las Albuferas, de gran valor ecológico y de gran belleza paisajística, pese al auténtico asedio al que están sometidas por los invernaderos. Formadas a consecuencia de los sedimentos depositados por el río, dichas lagunas costeras (la última de las cuales data del presente siglo, la Albufera Nueva) albergan interesantes especies de plantas acuáticas como la Najas marina y de vegetación palustre que las rodea, como la Juncia, la Enea y la Castañuela en las zonas más próximas al agua y los Juncos, la Cañavera y el Taray en las periféricas.

Importante es también la riqueza zoológica de las tres lagunas (la Albufera Honda, la Albufera Litoral y la Albufera Nueva). Peces como el Pejerrey o el Fartet y reptiles como el Galápago leproso, la Culebra de agua o la Culebra de escalera viven en ellas, y son más de un centenar las especies de aves que invernan y se procrean entre sus plantas, entre ellas el Pato malvasía (en serio peligro de extinción como especie), el Somormujo lavanco, el Anade azulón o la Focha común, o las aves propias como el Ruiseñor bastardo, el Carricero común, el Carricero tordal, el Pájaro moscón o el Escribano palustre.

Sin embargo, no es fácil a veces combinar crecimiento económico y pureza medioambiental y Las Albuferas de Adra corren serio peligro, aunque no sea menos cierto que todo en este mundo (y Adra, en cuanto ciudad milenaria, lo sabe bien) tiene arreglo si se pone toda la voluntad precisa para resolver los problemas. Confiamos en que así sea y en que se puedan salvar Las Albuferas para que éstas salven, a su vez, a unas cuantas especies en peligro de desaparición. Y confiamos en ello porque Adra, con tanta historia a las costillas de sus estribaciones de la Contraviesa y de su gente milenaria, es lo suficientemente sabia como para saber lo que debe hacer y cómo hacerlo. No en vano bebió de mil culturas todas ellas también sabias y no en vano supo resucitar tres veces aquel esplendor que nació hace cerca de tres mil años.

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