Benizalón

Entre montañas y bajo un mirador natural desde el que se tiene la impresión de dominarlo todo (las sierras Nevada, de Gádor, Alhamilla, Cabrera, Almagrera, de María y de Segura), Benizalón cae sobre la amplia hondonada aprovechando el tramo más suave de la pendiente en medio de un paisaje también suave de salpicado arbolado en el que el ocre y el verde alternan el panorama abancalado.
  
Atrae su visión desde lo alto y atraen, una vez abajo, las calles amoriscadas de un pueblo tranquilo que trae a la vista el casi permamente recuerdo de la Andalucía árabe y la de sus sucesores, hasta el punto aquí que uno d elos vientos, y justo el que trae la lluvia y, por lo tanto, el principio de vida, se llama “el morisco”, como si una vez más la memoria colectiva y su incosnciente quisieran recordar el antes y el después de una era. La planta misma del pueblo, sus rincones, hasta su iglesia (de torres construídas sobre el antiguo minarete y artesonado mudéjar) dicen del pasado morisco de las entrañas de esta sierra cargada de parajes y rincones sorprendentes. 

Sorprendente es la iglesia de Santa María o de la Virgen de las Angustias, que data del XVI (las torres del XIX) y que, además del artesonado mudéjar, cuenta con un interesante coro coro cargado de originalidad. Sorprendentes son las cercanas ruinas de Belemina, antiguo acuartelamiento con casa señorial, una treintena de viviendas y cementerio próximo, un complejo del que quedan unos visibles restos de los muros de la fortaleza que, en un punto, conservan aún, el yeso y sus elementos decorativos. Y sorprendentes son algunas de las anécdotas de su historia, como la visita del escritor Ignacio Aldecoa en su incansable ruta por conocer lo más profundo de España y llevar a sus pueblos una cultura que casi siempre se les negó. 

El aceite (cuya industria se remonta siglos atrás), la cría de ganado y su actividad derivada, el almendro y el turismo rural son la base para que el pueblo pueda despegar tras un siglo que le ha sido poco propicio y que ha colocado la emigración como su principal y triste protagonista. Su historia avala las posibilidades agrarias (ya en Libro de Apeo se subraya la importancia de la almazara de Olivar Seco) y su posición, bajo el cerro de Monteagud y su ermita, el impulso de futuro que puede y debe dar ese turismo que no tiene por qué reducirse a la vuelta, verano tras verano, de sus emigrantes. Benizalón, como otros pueblos de los Filabres, tiene con su equilibrada naturaleza, idónea para el paseante, más que sobradas bazas para ello.

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