Berja


No hay que hacer demasiado abstracción de la mente para reconocer el pueblo desde la carretera que baja de Turón (y hoy el pantano de Benínar) hacia Adra, porque Berja sigue ofreciendo la visión de una “naturaleza propicia” y de de un lugar “acaudalado” y porque Berja sigue atrayendo las miradas desde la carreteras, caminos o simples cotas que la dominan. Hoy, más de un siglo después, su rico valle alterna el verdor que llamó la atención de Alarcón y el brillo del plástico de los invernaderos que rivalizan con el color tradicional de la agricultura, pero que encierran, como si de otra “hermosura manifiesta y oculta” se tratase, los mismos productos de la tierra, actualmente multiplicados por un distinto proceso de producción. 

Berja es, ante todo, su valle, y éste es, ante todo, sus aguas, aguas que marcaron el surgimiento y posterior crecimiento de los núcleos de un término municipal que, desde el nivel mismo del mar en Balanegra a los 2.500 metros de altura en la Sierra de Gádor. Y Berja es, como todo lugar rico en agua, una historia que se remonta a tiempos remotos. 

Berja romana de Caput Aquae (cabeza de agua, hoy Alcaudique), barriada aneja a la villa de Berja propiamente dicha; de la frondosa Castela (hoy Castala) subiendo ya a la sierra y a las antiguas minas, surgida de dos fuentes; de la Serius (hoy Chirán) también trepando a los montes; del yacimiento arqueológico de Villavieja; de Sulbius (luego Julbina con los árabes), primer paso en la historia hacia la que sería con los siglos villa de Berja. 

Y Berja musulmana de Al-Quibdique (aldea junto a la fuente), la Caput Aquae árabe; de su barrio Munya; de Beni Hassan (hoy Benejí) la de la Fuente Rayhana y los baños del siglo XII, barriada también contigua a la villa, al pie del Cerro del Plomo y la alcazaba de Villavieja, que data del siglo IX; de la Castala mozárabe que se estiró en el tiempo a lo largo de todo el período musulmán; de El Cid que domina el llano y distribuye agua a sur; de la Ordia que se despobló cuando la expulsión de los moriscos; de las alquerías de Moales, Jebecin, Jenobean y Alcolos que proliferan casi como islotes a lo largo del intrincado Río Chico; de la mezquitade Alcadim en el antiguo zoco, hoy plaza de la Constitución de la villa de Berja. 

Y Berja que siguió su curso tras la Reconquista con la repoblación de Alcaudique a finales del XVI; con la figura del Santo Cristo de Cabrilla que trajeron los repobladores jiennenses en el XVI y que hoy se venera en Benejí, parroquia desde el mismo 1492; con la leyenda según la cual en Castala los gorriones no se comen el trigo porque se lo pidió el obispo San Tesifón, patrón de Berja; con la ermita de San Roque (hoy una iglesia reconstruída) del siglo XVII; de la Balanegra que surge en el siglo XVI por compensaciones territoriales y que da salida al mar a Berja; con la repoblación de los barrios contiguos que formaron la actual villa de Berja; con el Santuario de Nuestra Señora de Gádor, cuya imagen se venera desde finales del XVI. 

Y Berja minera, como casi todo nuestra provincia, por encima de Castala subiendo hacia el Puntal de la Higuera y la Punta del Sabinar, Berja que llegó a regular el mercado mundial del plomo en aquellos tiempos en que la minería y la uva (uva de mesa que también abundó en Berja y de la que hoy también hay producción) llevaron, como hoy, por todo el mundo los productos de esta tierra del poniente almeriense. 

Rica historia para una villa de Berja que es, sin embargo, una ciudad bastante moderna, en buena parte completamente remodelada tras el terremoto de 1804. Surgida de la fusión de tres alquerías musulmanas (Pago, El Zoco y Julbina), Berja fue repoblada en el siglo XVI e inició una significativa remodelación urbana que contaría con importantes realizaciones como las de la Iglesia de la Anunciación (destruida por el terremoto), la Torre de los Enciso (una torre fortaleza del siglo XVI) o la casa solariega de Zapata-Pimentel, barroca del XVIII. Es la Berja actual una ciudad activa y elegante, una villa que demuestra a simple vista su pasado “acaudalado”, acaudalado por lo que económicamente significa el verbo de producción de riqueza y buen nivel de vida y acaudalado literalmente de agua, y por ello es Berja una ciudad de fuentes, de cerca de treinta fuentes que constituyen de por sí una curiosa y significativa ruta turística (espléndida es ya la más visible, la de los Dieciséis Caños que preside la plaza principal del pueblo). La iglesia y el Ayuntamiento (imponentes), la avenida de Manuel Salmerón a lado y lado, tan burguesa, la porticada Plaza del Mercado y la curiosísima, impresionante y, sin duda, excéntrica Casa del Molino del Perillo, fábrica de harinas de estilo neoclasizante que data del pasado siglo y que cuenta con una muy destacable forja para sus 365 puertas y ventanas (tantas como días del año: obsérvese el detalle). 

Sin embargo, Berja no acaba en su núcleo urbano, y es de destacar la salida de la villa hacia el santuario de Nuestra Señora de Gádor, donde la frondosidad va ganando terreno por metros gracias a las fuentes de Oro, Almez y La Higuera, fuente de vida del populoso barrio de Los Cerrillos, que también recala en la historia a lo largo de los tiempos en sus antiguas alquerías y cortijadas. El santuario, también del pasado siglo, dispone de un convento anejo y cuenta un significativo camarín-torre del XVIII y la ya nombrada talla del XVI. 

La fuente de Alcaudique y su impactante acequia; el Cristo del XVI de Benejí; la fuente de La Rana de Rigualte; la iglesia de Castala, el impresionante cortijo de Chirán, que destaca por sus arcadas; el molino de Nohayla; y los restos arqueológicos de las minas de plomo son otros de los lugares de interés a visitar en este amplio término municipal que tanto tiene de historia y de belleza natural, el otro gran atractivo de un municipio que posee, desde el mar hasta la alta montaña, un variadísimo tipo de paisajes entre los que, por destacar uno, es imprescindible visitar el de los bosques de Castala, una de las áreas recreativas más famosas de la provincia: la Castala de las dos fuentes y del merendero o los bancos de madera para comer los mediodías de invierno en que el sol mantiene a raya el frío; la Castala de la iglesia de San Tesifón y la Castala camino de las minas; la Castala intensamente verde y la Castala de terreno abrupto para la sombra de los árboles; la Castala, en suma, que no en vano es uno de los destinos favoritos de los almerienses para sus excursiones invernales. 

Berja, oficiosamente capital de La Alpujarra, es, como Alarcón supo ver, además de bella, una activa realidad económica que conserva sus rasgos de centro comercial y que ahora ha sustituido como motor de su vida diaria las minas y la uva de hace un siglo por la agricultura intensiva que va ocupando su valle y, en general, todo su término municipal hasta la misma Balanegra sobre el mar. Berja atractiva, Berja rica, Berja vocacional que intenta cuidar la cultura como no muchos municipios hacen, que intenta cuidarse a sí misma como no muchos municipios hacen y que intenta (y lo logra más que aceptablemente) ser digna de una visión como la que tuvo de ella uno de nuestros más ilustres viajeros, Pedro Antonio de Alarcón.

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