Cabo de Gata

Puerta del Parque Natural Marítimo Terrestre de Cabo de Gata-Níjar, da igual por dónde lleguemos al Cabo, si desde el corazón del mismo Parque por la antigua pista costera, hoy enteramente recorrible sólo a pie, desde San José y sus playas o desde Almería, porque en ambos casos impresiona, y da igual a la hora del día en que se haga, porque pocas tierras cuentan con la luz del Cabo de Gata y, por lo tanto, con el impacto visual con el que siempre golpea al visitante. 

Entrando desde la capital, el Cabo de Gata ofrece dos interesantes prólogos: uno en la misma carretera, el Centro de las Amoladeras, un completísimo punto de información sobre el Parque Natural que incorpora una permanente exposición científica y cultural sobre la comarca, y otro, junto al mar y nada más pasado Retamar, la Ermita de Torre García, centro de una peregrinación invernal que se ha consolidado en los últimos años, y las contiguas ruinas de la fábrica de salazones romana, las mejor conservadas de entre las existentes en la provincia y uno de los poco numerosos vestigios de antiguas civilizaciones que hay en una comarca que, sin embargo, posee una larga historia desde la era de las lámparas fenicias hasta la del cine. 

El fenicio Promontorio Charidemo (o Promontorio de las Agatas) es el primer nombre que se le conoce al Cabo de Gata, punta de la sierra que los aquellos grandes comerciantes del Mediterráneo tenían que bordear para alcanzar la ruta de Tartessos desde el Oriente. Llamado luego también Promontorio de Venus por los romanos, parece probado que en el Cabo existía un santuario púnico dedicado a una diosa marítima que los griegos identificaron con Afrodita (la que Hesíodo hace nacer de las olas y la espuma del mar, diosa de la Fertilidad y también del Mar) y que luego los romanos consagraron a su Venus. 

Lugar, pues, de culto pagano a la naturaleza y sus fuerzas telúricas, el lugar estuvo habitado, según la leyenda, por sirenas que gritaban por las noches al paso de las naves (posiblemente las focas monge que poblaban las costas de la zona) y que quién sabe si fueron las que dejaron allí el irresistible influjo que siguió ejerciendo sobre sus visitantes, como los árabes, que la nombraron Qabit Bani Aswad y que levantaron mediado el siglo IX en lo que hoy es La Fabriquilla, al pie mismo del camino que inicia la subida hacia el Faro, un ribat (o fortaleza dedicada a la vida mística y guerrera) o, muchos siglos después, los grandes magos del siglo XX, los productores de cine que eligieron las dunas de Cabo de Gata para el rodaje de una de las grandes superproducciones de los años Sesenta, Lawrence de Arabia. 

Siguiendo la ruta que habíamos iniciado desde Almería y dejados atrás la Ermita de Torregarcía y los contiguos restos de la fábrica de salazones, tras atravesar, costa adelante, un camino a menudo más propiamente pedregal, alcanzamos las dunas del rodaje, hoy disminuidas respecto a las que filmó Lean, y, poco más hacia el Cabo, Rambla Morales, frecuentemente inundada por el agua del mar y a veces dominada por la elegante silueta de algún flamenco. Esta zona de las dunas y la desembocadura de la Rambla es no sólo un paraje de sobrecogedora belleza que nos hace sentir fuera del continente europeo, sino una importante reserva zoológica, en concreto de aves esteparias como las Cogujadas, Terreras comunes, Terreras marismeñas, la curiosa Alondra de Dupont o las más grandes del Alcaraván, el Sisón y la Ortega, especies que anuncian la exuberancia faunística de las antiguas albuferas reconvertidas en salinas. 

Pero entre una y otra reserva se situa el primer gran núcleo urbano, la barriada de El Cabo de Gata, conocida también como San Miguel de Cabo de Gata, un típico asentamiento de pescadores que, por su estructura y la disposición y forma de sus viviendas, nos hace pensar en lo enormemente dura que ha tenido que ser la vida en esta zona, enfrentada a la dureza del mar y del casi omnipresente viento. El cineasta suizo Alain Tanner supo recrear perfectamente esta atmósfera, hoy muy paliada tras la construcción del Paseo Marítimo, en su película El hombre que perdió su sombra (1991). 

Entre la barriada de San Miguel y la subida al Cabo avanzamos por un franja de tierra encerrada a la derecha por el mar y a la izquierda por las salinas. Pasado el torreón vigía, encontramos, a la izquierda, el complejo de la Unión Salinera, que se inicia con la construcción más emblemática de la zona, una iglesia que impresiona por su sencillez y la desafiante verticalidad, hasta el punto de constituir el principal polo de referencia visual del llano y capaz de luchar por sí sola contra la inmensidad del mar. Peculiares son también las viviendas del complejo, que llaman la atención por su estructura claramente construidas para defenderse del viento. Agachadas frente al mar constituyen el perfecto contrapunto a su iglesia y ofrecen, en consonancia con el llano en que se encuentran, un aspecto de resistencia y de sencilla y rasa armonía. A continuación encontramos la Almadraba de Monteleva, un pequeño barrio típico de pescadores que hoy presenta una contenida pero suficiente oferta turística en su Hostal, sus restaurantes y los dúplex de nueva construcción. 

Y, tras todo ello, (el complejo salinero y la Almadraba) la algarabía de aves (fundamentalmente en otoño) de las Salinas, donde Avocetas, Cigüeñuelas, Chorlitejos, Charranes, Patos, Garzas, Gaviotas y Flamencos se distribuyen el espacio para comer y reposar. El observatorio ornitológico permite al visitante una cómoda contemplación de una de las principales reservas de aves española. 

Al pie ya de la sierra, en el paraje donde los árabes construyeron su fortaleza, un pequeño núcleo de casas forma el asentamiento de la Fabriquilla, casi aplastado entre la montaña y el mar, y en la que se advierte como probablemente en ningún otro lugar de la provincia la eterna lucha del hombre con el salitre y el mar. La apreciación del escritor Juan Goytisolo sobre las casas del Cabo de Gata toma aquí su máximo significado: “Las casas asemejan casi fortines”. 

Y se inician los repechos que llegan hasta el Cabo, una visión espectacular del mar y de la tierra que impresiona, ya lo hemos advertido, a cualquier hora del día, ya sean las de luminosidad aplastante (especialmente en verano), cuando todo está recubierto por una pátina blanca, ya sea la del amanecer, que va descubriendo paulatinamente el panorama, ya sea la del atardecer, que matiza hasta la perfección todos los colores y nos presenta la punta de la Sierra, el Cabo de las Agatas, de Venus o de Gata como un golpe rojizo que recorta el mar para subrayar que divide en dos el Mediterráneo español. 

Por encima de unas aguas abundantes de restos de naufragios, entre los ecos de las sirenas que asustaban a los pescadores, sobre unas rocas calificadas de “peligrosas” en documentos oficiales del pasado siglo, el faro data de 1863 y se construyó en la plataforma del fuerte de san Francisco de Paula. A su izquierda un arrecife, el de Las Sirenas, y la visión superpuesta de las continuas salidas de la Sierra al mar completan un panorama que, por el riesgo y por su belleza ha tenido forzosamente que atraer a los hombres desde que por aquí pasara el primer navío.

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