Canjáyar

Canjáyar es tierra de frontera: a oeste predomina el verde, al este el color de la tierra, como se puede perfectamente advertir desde este mismo pueblo subido a la Sierra Nevada cuando se mira hacia el llano. Canjáyar divide, de hecho, el Andarax Alto del Medio Andarax hasta el punto de haber sido lamado, por su emplazamiento y su misma forma, el “cerrojo del Alto Andarax”, el cerrojo de la comarca que, por ejemplo, se permitió debido también a sus condiciones geográficas una batalla histórica como la de la rebelión de los moriscos. 

También son la uva y la minería lo principal del pasado de Canjayár, aunque su historia se remonta mucho más allá: en primera instancia a la España de Al Andalus y de sus reminiscencias moriscas, como se advierte a simple vista en los abancalamientos de la tierra y en la misma estructura escalonada del pueblo, coronado por la ermita de San Blas, que se alza en el lugar donde selevantaba el castillo árabe, del que apenas se encuentran vestigios; y, mucho más en los orígenes, a la España romana y a la rica Prehistoria almeriense, como documentó la cueva de Nieles cuando, en pleno furor minero, ofreció al pueblo las pruebas de su intenso pasado en forma de esqueletos, candiles o ánforas. 

Población castigada por los terremotos, a consecuencia de los cuales hubo que restaurar por dos veces su iglesia, el esplendor de la minería y, sobre todo, de la uva cambió completamente su faz a finales del XIX y principios del XX, igual que, como sucedió en el resto de la comarca, la actividad del pueblo fue paulatinamente descendiendo tras la Primera Guerra Mundial. A esa Canjáyar minera que contó con una fábrica de plomo y a esa Canjáyar uvera que participó de la epopeya agrícola de hace un siglo se debe uno de los rasgos que marcan el pueblo, el de las viviendas señoriales, los edificios sede de las asociaciones cívicas como el Casino o el Centro de Labradores, que confieren al pueblo un indudable aspecto ilustrado que, por otra parte, preanuncia ya el Medio Andarax, u otras construcciones como el santuario de San Antonio Abad, del XIX. 

Inmerso ahora en el proceso de reconversión agrícola que caracteriza el interior de nuestra provincia, nuevas variedades de uva, el olivo y los servicios que su situación geográfica favorecen están permitiendo la recuperación del pueblo y su toma de posición en una Almería en pleno cambio.

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