Carboneras

Si hay un ejemplo de que a veces la publicidad no exagera, ése es el de el sobrenombre que a Carboneras dio una conocida campaña: “La mar divina”, porque todo en este pujante y laborioso pueblo de la costa del Levante almeriense parece hecho para resaltar el mar. Y es que en Carboneras nos encontramos con la palpable demostración de las dos grandes aportaciones del mar a la civilización y a la historia: el medio de vida que siempre ha proporcionado, visible en los diques y chimeneas de su tejido industrial, y la belleza que siempre le ha dado, que golpea, especialmente, en una de las playas más impresionantes del Mediterráneo, la playa de los Muertos, que puede sin temor a exageraciones calificarse, literalmente, de divina. 

En el término de Carboneras establecieron los árabes diversas torres y atalayas vigías que, tras la Reconquista, se mantuvieron en actividad, aunque el aislamiento de la zona, fácilmente atacable por los piratas y difícilmente apoyada en su defensa desde las guarniciones más próximas, impidió hasta el siglo XVII que se consolidara dicha estructura defensiva, y, por lo tanto, que permitiera el establecimiento de una población asentada.

Fue en 1583 cuando una cédula promulgada por Felipe II ordenaba la creación de una fortificación estable, el Castillo de San Andrés, que, sin embargo, no empezó a ser construído hasta 1621. Del castillo, que llegaría a pertenecer a la Casa de Alba, nace Carboneras, que fue extendiéndose lenta pero preogresivamente en los siglos venideros. En 1776, para reforzar la seguridad se mandó edificar un nuevo castillo, el de Mesa Roldán, que daba ya una definitiva seguridad a una zona en la que la agricultura de subsistencia, el esparto, la barrilla (planta de la que se obtiene la sosa) y la pesca permitía vivir a sus más de mil vecinos. Erigido como municipio independiente en 1813, a lo largo del siglo XIX y principios del XX la población de Carboneras fue creciendo con intensidad hasta los 6000 habitantes que alcanza en 1910, pero la economía de siempre empezaba a no ser suficiente y se inició, como en casi todo el resto de la provincia, la sangría de la emigración y del descenso demográfico, hasta el punto de que sólo en 1981 el pueblo logra alcanzar la cifra de habitantes de los años Veinte. 

Sin embargo, Carboneras es hoy, pasada la gran depresión que buena parte de este siglo ha supuesto para nuestra provincia, un pujante pueblo que puede llevar a gala lo que no muchos municipios de España pueden presentar, un completo y equilibrado crecimiento económico que cuenta con un significativo desarrollo de todos los sectores. La agricultura y la pesca se han consolidado, el tejido industrial es el más significativo de la provincia y el turismo y los servicios están en constante expansión. 

La agricultura no sólo se ha mantenido, sino que empieza a poner las bases para su desarrollo bajo los plásticos de los invernaderos. La pesca sigue aportando unas capturas de calidad (galanes, gambón, bonito, almejas, etc.) y se desarrolla la industria de la acuicultura en una piscifactoría que cría doradas y lubinas. Endesa, con su impresionante montaje presidido por una enorme chimenea, produce energía eléctrica y prepara su expansión. Se fabrican cemento y derivados. Existe la infraestructura básica e imprescindible para una ulterior expansión industrial como la de agua desalada y componentes cerámicos. Y el espectacular paisaje y el cuidado medioambiental, modélico para una zona industrial según muchos fuentes, son la base de un crecimiento del turismo y de los servicios que se mantiene constante, y entre los que destacan una oferta gastronómica, ligada lógicamente al pescado, cada día más cuidada y que merece la pena. 

Una palabra marca, pues, el desarrollo económico de Carboneras, solidez, una solidez que se advierte desde el mar (“la mar divina” de la que tanto está sacando y mucho más parece que va a sacar Carboneras) en la impresionante estructura portuaria de que dispone el pueblo, que cuenta con puertos especializados en energía, cemento y pesca-turismo. 

Pero el mar le ha donado a Carboneras no sólo unas inmensas posibilidades económicas que el pueblo está sabiendo aprovechar a la perfección, sino una inmensa belleza que se advierte por doquier, se entre a Carboneras por la ruta que se entre, bien sea desde Mojácar por la Playa del Algarrobico, bien desde Aguamarga por la Playa de los Muertos o bien desde el interior, especialmente si por la vieja carretera, desde la que el mar, a la vuelta de un curvazo, cuando se ha dejado atrás y abajo el cementerio, golpea como un disparo de frescor en los días, casi todos los del año, en que el sol aplasta con su luminosidad extrema. 

Pertenecientes al Parque de Cabo de Gata Níjar (del que queda fuera el núcleo del pueblo), las playas de Carboneras son espectaculares. 

A norte del pueblo, llegando desde Mojácar por una carretera que puede definirse como una una auténtica borrachera de mar, y tras pasar la Punta del Santo (en la que existió en su día una torre vigía nazarí) y sus solitarias calas, las primeras de Sierra Cabrera, se desciende hasta la amplia Playa del Algarrobico, bien respetada, tacheada de ágaves y vista en todo el mundo una y mil veces por albergar la presunta Aqaba de la película Lawrence de Arabia, y hasta la desembocadura de la Rambla de Carboneras (llamada también del Río Alías), conocida por sus almejas y en la que destacan los gandules. 

Y, a sur de la zona portuaria e industrial, camino de Mesa Roldán, las calas de Corral, de Las Salinicas y, en especial, la playa de los Muertos, a la que se desciende desde el mirador que hay próximo a la carretera y que, excavada casi en redondo en la roca grisácea, impresiona no sólo por su forma, sino por su color blanquecino de arena y por la larga franja de idéntico tono que, más allá de las dos rocas que la acotan, pero no la cierran, abre hacia el pueblo. 

En la Playa de los Muertos la expresión “la mar divina” se antoja más cierta que nunca e invita a subir de nuevo al mirador para divisar un impresionante paisaje marítimo y una imponente vista del pueblo, pero aún hay más, porque se puede continuar el ascenso hasta Mesa Roldán (con su Faro y la torre para la artillería) y, desde allí, divisar a norte y a sur kilómetros y kilómetros de costa, superposiciones de salidas rocosas al mar que se distinguen, como si de cortinas superpuestas y translúcidas se tratase, por el distinto matiz del dorado al blanco o del gris al negro (según la hora y la posición del sol): el campo de Níjar y sus calas a un lado; Carboneras, Sierra Cabrera y lo que sigue, hasta Terreros y, más allá, Cartagena al otro, en una auténtica orgía de mar, de “mar divina”. 

Y, entre esas playas que hemos visitado, un pueblo que llama en seguida su atención por la pujanza que muestra. Pero el frente portuario y las impactantes instalaciones industriales, coronadas por la gran chimenea de Endesa no son, ni mucho menos, lo único que posee el núcleo de Carboneras. Pueblo muy bien cuidado, lo primero que salta a la vista es una pequeña isla, la de San Andrés, a la que Carboneras debe no sólo la belleza visual que aporta, sino parte importante de su historia, porque ella fue la que, antes de la construcción del puerto, permitió durante siglos a los pescadores de la zona guarecerse y proteger sus embarcaciones de las tormentas. 

Carboneras es, por lo demás, un pueblo que invita a caminar, ya sea por sus calles y plazoletas, muy cuidadas (una de ellas la dedicada a Encarna Sánchez, hija de la villa); por el nuevo parque contiguo al castillo; por el reciente Paseo Marítimo; o por la misma uve que describe su playa a la altura del centro del pueblo. 

Y un pueblo que invita a visitar el recién remozado Castillo de San Andrés en el que hay que situar su origen, los dos caserones decimonónicos de la plaza misma del Castillo, la Casa del Laberinto (uno de los grandes símbolos de Carboneras y portada de buena parte de sus folletos turísticos), la Torre del Rayo (de finales del XVI y con detalles arquitectónicos llamativos) o el más curioso hotel de la provincia, situado en la parte norte de la población, sobre la playa, el Hotel Eldorado. Construído por Eddy Fowlie, estrecho colaborador de David Lean y experto en decoración y efectos especiales, el hotel es, en sí mismo, un efecto especial, porque la mayoría de los detalles de decoración de las zonas comunes proceden de rodajes de películas, entre ellos su muy historiada puerta, que trae a la fantasía los palacios más lujosos. 

Un pueblo completo, pues, Carboneras, un pueblo que tiene un poco de todo, desde la pesca a la industria y desde el turismo al cine, pero que, por encima de cualquier otra cosa o realidad, nos aporta una relación con el mar difícil de encontrar en otros lugares. Y es que algo hay de verdad, mucho hay de verdad en aquel slogan que no pasa de moda porque cada día es más cierto: Carboneras, “la mar divina”.

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