Dalías


No menos espectacular y bella que la vista de Berja es la de Dalías y su valle, actual emplazamiento de este municipio que trepa hacia la sierra de Gádor y que, hasta 1982, se extendía, a sur, hasta el mar en 1982, ocupando buena del Campo de Dalías, hoy más conocido como el Poniente almeriense. Dalías fue hasta hace poco tierra de parral y siempre población importante por su magnífico emplazamiento, en medio de una vega al pie de la Sierra de Gádor y próxima a la costa, aunque a la distancia suficiente como para no sufrir los problemas que, siglos atrás, padecieron los asentamientos que estaban a la vera misma del mar. 

El emplazamiento, en efecto, lo dice ya todo cuando, tras superar la cadena de cerros que anteceden a la sierra de Gádor, golpea la vista un pueblo extenso rodeado de tierra labrada que trepa al monte, hoy abundante del plástico para los cultivos intensivos, pero antaño (se advierte con facilidad) vega de carácter morisco, lo que significa, a poca agua que la zona tenga (y el verde que salpica la visión demuestra que la tiene), riqueza agrícola de siglos, una visión, de las más bonitas de la provincia, que fue muy correctamente calificada de “amena” por Ibn Al Jatib. 

La actual Dalías, circunscrita al valle desde la segregación de El Ejido en 1982, es la directa heredera de la Dalías “de la sierra” árabe, así llamada para distinguirla de la otra Dalías, la de la romana Murgi. Evolución del asentamiento de Ambroz, uno de los cinco que componían antes de la represión de los moriscos la Dalías “de la sierra”, el actual emplazamiento de la Dalías de hoy mantiene, junto al anexo Celín, la mayoría de la población de la Taha desde años árabes, y sólo ellos, Ambroz y Celín, resistieron tras 1573, cuando acabó en sangre y exilio la rebelión morisca. El Hizán, Obda y Almacete quedaron despoblados y la Dalías del interior siguió viviendo de su agricultura y, en general, de la riqueza de su valle y su monte (cargado de vegetación, en especial encinas y olmos) hasta la explosión minera, que revolucionó la comarca en el primer tercio del siglo XI, justo tras el terrible terremoto que, en 1804, ocasionó más de sesicientos muertos y destruyó algunos de los más emblemáticos edificios de la ciudad, entre ellos la iglesia. 

La minería dobló la población de Dalías, que llegó a contar con 10.500 habitantes en 1858, con 47 núcleos de población y con 23 fundiciones de plomo. Fueron los años del despertar de una Dalías que, a la crisis minera, apenas se resintió en su riqueza, porque empezaba la era de la uva. Entonces tomó Dalías su aspecto actual, con el desarrollo de la parra sustituyendo la buena parte de su masa forestal esquilmada para las fundiciones y con la configuración definitiva de un núcleo poblacional ilustrado y rico que hablaba de unos nuevos tiempos en los que la vida se iba a hacer mucho más culta y urbana. 

Las calles de Dalías ofrecen con nitidez los datos fundamentales del pasado del pueblo. De estructura típicamente musulmana por el trazado irregular y a menudo curvilíneo de sus calles, por la estrechez de las mismas y por la abundancia de plazuelas y de casas con huerto, los caserones de principios de siglo, de claro gusto señorial y decimonónico, hablan de una burguesía agraria ilustrada. Con dos muy bellas plazas, la de Arriba y la de Abajo, el Casino es un ejemplo claro del pueblo inquieto y dinámico de principios de siglo. Muy próximo al Ayuntamiento y a la iglesia parroquial (construída en el XIX tras la destrucción de la anterior por el terrible terremoto de 1804) sigue siendo el gran centro social de una población actualmente muy bien mantenida que enseña, además, la enorme pujanza económica adquirida en los últimos años gracias a la agricultura intensiva. 

Con sus edificios más significativos perfectamente remozados (como el Ayuntamiento, la Iglesia o el Casino) y sus dos espacios principales, las plazas de Arriba y de Abajo, muy cuidados, el pueblo demuestra a simple vista su alta posición en el ránking de la renta per cápita de Andalucía, en el que figura en los primeros puestos desde la consolidación de la revolución que, para el Poniente almeriense en general, han supuesto los invernaderos y la agricultura intensiva. 

No son muchos los vestigios bien conservados de la Dalías árabe, aunque alguno de ellos del máximo interés, como la torre de Aljízar, en Celín, una fortaleza nazarí construída sobre fortificaciones anteriores que forma, junto a la ermita, un conjunto de gran belleza, pese a la sencillez de ambas construcciones. Levantada en una colina, la torre, octogonal y de ladrillo sobre base de piedra, no sólo domina el valle, sino que su campo visual alcanza hasta la costa, por lo que ofrece al visitante una impresionante vista que contrasta, como corresponde a un buen punto vigía, con la dificultad que ofrece para ser advertida desde lejos, y en concreto desde ese mismo mar que domina.Otro punto digno de interés son, también en Celín, los Baños de la Reina, el complejo de su tipo más completo que existe en la provincia. Situados al pie de la torre de Aljízar, los baños, que son un edificio de planta rectangular dividido en tres naves, forman junto a la torre y la ermita el perfecto complemento arquitectónico para hacer de Celín un lugar de visita imprescindible. 

Celín, que dispone de una de las áreas de recreo más bonitas y frecuentadas de la provincia, es, de hecho, un espectáculo en sí mismo. Con una naturaleza exuberante dominada por el verdor de los árboles y el sonido del agua, este barrio de Dalías perimetrado de masa forestal es no sólo un enorme balcón al valle y, más allá, a la ensenada de Guardias Viejas, sino la antesala de los caminos que, sierra arriba, conducen a las viejas minas de plomo y sus restos, siempre tan curiosos de visitar, y al mismo centro de unos montes que guardan algunos de los más impresionantes paisajes de la provincia de Almería. 

El complejo de Dalías, Celín y el valle en el que se asientan constituye uno de los puntos más atractivos de nuestra provincia tanto por el paisaje general del valle, que con las últimas reforestaciones ha recuperado parte del arbolado perdido en los años de las minas, como por la riqueza arquitectónica y natural que encontramos en Celín, como por la planta de la misma Dalías, una de las poblaciones de la provincia en las que mejor se está manteniendo el necesario equilibrio entre crecimiento económico y conservación de sus rasgos históricos, entre ellos el de su principal fiesta, la del Cristo de la Luz, una de las grandes fiestas de la provincia y auténtica orgía de fuego y del ensordecedor ruido de la pólvora. 

Pasado y presente se dan la mano en el valle de Dalías. Pasado árabe, pasado minero, pasado uvero y presente agrícola hacen de este valle y de esta población un lugar de imprescindible visita y también de reflexión sobre la historia y sobre cómo conjugar con la apertura al futuro lo que de ella han dejado el trabajo mismo de los hombres, a veces levantado, como en la expansión minera, a costa de la naturaleza, o las casi siempre impredecibles catástrofes naturales. Dalías, Celín y su valle muestran hoy, en efecto, no sólo el inequívoco paisaje de la riqueza agrícola de este final de siglo, sino también lo que el avance económico puede y debe suponer para bien mantener lo que nos dejó el tiempo o para reconstruir lo que ese mismo tiempo se llevó.

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