Enix


De Enix se puede afirmar que es el último pueblo alpujarreño. Encaramado en la Sierra de Gádor y muy próximo ya a la capital de la provincia, su perfil es el de un pueblo andalusí, blanco entre el verdor de las huertas que descienden en terraza la montaña y poblado de agua: hasta una veintena de fuentes se llegaron a contabilizar en época morisca. 

Enix es, ante todo, un pueblo bonito de enrevesada estructura en la que parecen confundirse calles y terraos, de atractiva imagen desde los repechos por los que a él se asciende y de imponente vista hacia los barrancos y el mar desde todos sus alrededores y desde muchos de sus rincones, entre ellos el parque infantil, que, por su situación de jardín colgante, sea probablemente el más curioso de la provincia. 

Pueblo que, al tiempo que se protege por su estructura urbana del mar, sus vientos y su salitre lo desafía a ese mismo mar encarán­dolo desde casi todos sus rincones, Enix hunde sus raíces en la época árabe y, posteriormente, la morisca, cuando formaba con Felix y Vícar la taha de Almexíxar, cuando se trabajaba la seda y cuando estaba rodeado de bosques de encinas, acebuches y otros árboles que sufrieron las consecuencias de la fiebre minera con la que la comarca intentó, y logró durante décadas, superar la pro­funda depresión en que había caído tras la expulsión de los moriscos y la prolongada crisis económica que acabó provocando. 

De los años de la actividad minera en la Sierra de Gádor datan algunos de los más curiosos rincones de su extenso término muni­cipal, como las ruinas, despeñadas sobre el barranco, de las minas del Carmen, en las proximidades del Marchal de Antón López. Su lejana visión desde la carretera es sencillamente impresionante, y su vertiginosa visita in situ provoca una sensación no menos fuerte que la que se pueda probar en Rodalquilar entre las estructuras de la mina de oro. 

Interesante por su creciente y cada vez más considerada oferta ,gastronómica, Enix es uno de esos pueblos que hay que merecen una visita atenta: por sus calles, por su plaza de sencilla y digna belleza, por sus paisajes y sus vistas y por sus alrededores, entre los que tal vez destaquen los del antiguo camino a Almería, que invitan a emprender la ruta de siempre, la que hoy ofrece a jóve­nes y caminantes una más que recomendable excursión a pie. 

Merece la pena el camino entre barrancos y aislados cortijos igual que merece la pena llegar por la autovía. En un caso, el viejo camino, para transitar por un mundo de aislada naturaleza que, en medio del fortísimo desarrollo que está caracterizando la ciudad de Almería y el Poniente, parece irreal; en otro, la autovía, por constatar sobre el terreno, en los curvazos de la subida, lo que la sierra puede esconder a pocos, muy pocos ki­lómetros, del inmenso llano cubierto de plástico y agricultura intensiva. 

Enix, patria chica de uno de los principales escritores de la historia almeriense, Agustín Gómez Arcos, es un un pulmón visual (varios pulmones visuales: el pueblo, sus campos, su arqueología industrial) de los que se hacen simplemente imprescindi­bles.

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