Garrucha

“La pequeña San Sebastián”, se ha llamado a Garrucha la marítima, el gran puerto de las minas de Levante que llegó a tener vicecónsules de diez países tras el auge, mediado el pasado siglo, del embarque de la plata, el hierro y el plomo. 

Centro de muy antiguos vestigios históricos que se remontan a hace 5.000 años, puerto por naturaleza que abasteció ejércitos, exportó esparto y mármol y tuvo siempre buena pesca, la activa Garrucha, durante siglos presa de piratas, alcanzó sus años dorados al calor de esa riqueza minera y de la elección de su costa como residencia de recreo por las familias que se enriquecían con la minería. 

Al inicio del siglo XX, Garrucha vivía una febril actividad económica y una no menor animación social. Casinos, pistas para el baile y un club de tenis le daban ese aire, tan distinto al del resto de las poblaciones costeras de la zona, que evocaba aquellas ciudades, como San Sebastián, donde el verano llenaba las calles de glamour. 

Esa es la Garrucha de las elegantes construcciones al mar, característica hoy realzada por un espléndido paseo marítimo a lo largo del Malecón que habla por sí solo de la atractiva e importante, aunque a veces complicada, historia de un enclave y un pueblo que se disputaron a lo largo de cuatro siglos Mojácar y Vera y que hasta hace muy poco apenas contaba en su término municipal con la franja de mar, aunque le bastó para su desarrollo, como a aquellas antiguas repúblicas marineras que llevaron siempre su comercio y sus ideas por todo el Mediterráneo. 

Marinera siempre y turística desde el auge minero, Garrucha sigue ofreciendo al visitante trabajo y mar. Un activísimo puerto pesquero, un puerto deportivo que amplía año a año sus atraques y un puerto comercial donde embarcan el yeso de Sorbas continúan su productiva línea histórica de siempre, al tiempo que la buena oferta gastronómica y de servicios que le presenta al visitante resucita el turismo de inicios del siglo. 

El pescado de Garrucha constituye, sin duda, una de las principales ofertas de la gastronomía almeriense, tanto por su cantidad, que hace de su puerto pesquero el segundo de la provincia tras el de Almería capital, como por su calidad. La pesca (principalmente artesanal, de palangre y de rastreo) es, además, su principal baza para atraer el turismo. Sobre la indudable calidad de su famosísima gamba roja (y de la caballa, o la aguja, o las chirlas) se ha creado una importante infraestructura hostelera que, además de la posibilidad de una buena comida o una buena cena, da al paseo marítimo y a la zona del puerto un sello muy especial que transmite la sensación de que nos encontramos ante una oferta de alta calidad, algo no siempre fácil en las poblaciones de mar. 

Restaurantes, heladerías, terrazas y tabernas no sólo presentan unos excelentes productos, sino la limpieza y el buen servicio que merecen su paseo del Malecón y el cuidado aspecto general de la población, que cuenta, además, con una playa de arena fina (hoy dividida en calas por una estructrura de espigones) muy bien mantenida a diario y con las necesidades básicas para un cómodo baño. 

Lo más destacado de Garrucha es, sin duda, su Malecón, que aprovecha perfectamente la belleza del mar como ninguna otra población de la provincia de Almería. Un kilómetro y medio de baranda de mármol y unos mimados jardines hacen de su paseo marítimo una espléndida avenida sobre el Mediterráneo que, además, cuenta con un frontal de edificaciones bastante armonioso y urbanísticamente poco estropeado, otro rasgo difícil de encontrar en los puntos más desarrollados de la costa. 

Algunos de los caserones del pasado siglo (entre ellos el Ayuntamiento) merecen una mirada más atenta, al igual que la iglesia parroquial de San Joaquín o la ermita de la Virgen de la Carmen. 

Pero Garrucha es, sobre todo, su conjunto y el mar, como si, en efecto, hubiera surgido del mar, según reza el lema de su escudo: EX MARI ORTA. La activa lonja, el monumento a los pescadores, la plaza del Ancla, el descargadero de minerales, la neomudéjar Casa de Marina de la Torre, el castillo de Jesús de Nazareno (del siglo XVIII) o la torre de la fundición de San Jacinto, que domina la villa desde las alturas, hablan por sí solas del mar y de la activa historia de una población que ha sabido hacer de ese mar su identidad y su vida.

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