Isleta del Moro

La Isleta, que cuenta con unos curiosos alrededores ricos en plantas y flores y con un oasis que la domina desde la entrada, tiene a levante un bello y amplio playazo que habría que preservar de maniobras especuladoras y una plaza central organizada en torno a un lavadero que evoca el ambiente de épocas pasadas y hasta remotas en el tiempo, como bien aprovechó Pilar Miró en su película “El pájaro de la felicidad”. Espacio caótico y frenético sin asfaltar que centra la vida del pueblo, la plaza tiene el indudable atractivo de lo que parece imperecedero y es, en el fondo, el distribuidor que comunica las diferentes partes de este pueblecito de pescadores en los que las barcas y las redes son, junto a la vieja y mínima escuela hoy iglesia, su principal rasgo urbano, además de un hostal cuya situación y vistas son de auténtico lujo, de un lujo sólo superado por la terraza al mar de su restaurante, una fila de mesas de obra levantadas en el corredor de un extraño y amplio caseta de techo muy bajo dedicado fundamentalmente a salón de recreo en las largas tardes del invierno. 

La terraza, un balcón apenas elevado sobre el mar, es uno de los más atractivos comedores de la provincia, y merece la pena visitarla en las noches de verano o los mediodías del resto del año. Más restaurante en cubierta de un barco que en tierra firme, sus vistas (el peñón y el islote del pueblo a un lado, Los Escullos enfrente, a menudo pequeñas embarcaciones de pescadores avanzando o alejándose casi a la misma altura de sus asientos) y la quietud que da el rumor del mar los días de calma hacen imprescindible dicha visita y recuerdan, como tantos otros puntos de la costa del Parque, que este litoral está lleno de lugares para perderse.

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