Líjar

Líjar es, ante todo, un pueblo curioso, una villa de curiosa situación, de curiosos parajes y de curiosa historia, uno de esos lugares cargados de leyenda. 

Ya su curiosa imagen atrae, descendiendo de un monte pelado en forma casi de promontorio hasta un círculo casi cerrados de huertas que lo abrazan y a las que el pueblo se asoma, como buscando el verdor. Impresiona el contraste, igual que impresiona, alejándose del pueblo hacia las canteras, el contraste de esa sequedad que circunda el pueblo con la frondosidad, tras los primeros curvazos que penetran en la montaña, del camino. 

Como curiosa es la Cueva del Moro, en sus inmediaciones, un barranco lleno de grutas naturales en las que las estalagmitas y las estalacticas que ha aglomerado el tiempo llaman a un sencillo paseo sin peligro que nos permite sentirnos espeleólogos. 

Y como aún más curiosa y atractiva es la más conocida de las anécdotas de su historia, de esa larga biografía del pueblo que se remonta hasta la prehistoria y que nos ha dejado mensajes indescifrables del hombre primitivo en la “Piedra de la Herradura”, o esa Líjar árabe en que floreció la agricultura y el cultivo de las moreras que habla de la mítica industria de la seda: fue esa curiosa y atractiva historia hace poco más de cien años, en 1883, cuando el pueblo, como respuesta al apedreamiento del Rey Alfonso XII en París por un inexplicable error diplomático del Monarca español. Líjar decidió ese día declararle la guerra a Francia, contra quien ha estado técnicamente en conflicto hasta la firma, un siglo después, de la paz definitiva. 

Un lugar para visitar y, allí, pasear por sus interesantes alrededores y escuchar de primera mano una historia que es de las más curiosas de esta provincia tan cargada de historias.

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