Lubrín

En las últimas estribaciones de la Sierra de los Filabres y tras atravesar unos bonitos alrededores en los que los almendros impresionan cuando están en flor, Lubrín nos recibe con una arquitectura, inesperada por su empaque, que aúna sencillez y elegancia como pocos pueblos de la provincia. Gusta Lubrín por el cuidado de sus calles y por la limpieza de sus fachadas, y por su planta, que el tiempo ha ido diseñando para conducir al vecino, y por lo tanto también al visitante, hacia una plaza espectacular que tal vez sea la que mejor conserva en la provincia el significado profundo de la plaza como espacio, el lugar común de los ciudadanos, el foro que, en el caso de Lubrín, está hasta urbanísticamente marcada por las escaleras que, como un graderío, llevan a ella, convertida en una especie de anfiteatro. 

En medio de una tierra de minas y canteras, la crisis de la minería supuso un duro golpe al pueblo, y en su término se encuentra el llamado ”mármol de El Tranco”, aunque el sector tiene mucho que avanzar en un término que está travesado en las últimas décadas por un fuerte descenso demográfico. En dicha actividad ligada al producto estrella de la Sierra de los Filabres y en el turismo rural que los paisajes de alrededor y el empaque del pueblo deberían favorecer tiene puestas Lubrín sus miras de futuro. 

Pueblo viejo que hunde sus raíces a lo largo del tiempo y que cuenta con una oferta alimenticia cuando menos interesante, Lubrín es un lugar de rincones campestres y de rincones urbanos que merece una visita atenta que, con toda probabilidad, se repetirá.

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