Mojácar

Sagrada o no, probablemente maga, sí hay sin embargo algo evidente, que Mojácar la fronteriza ha ejercido siempre su influencia al visitante, tal vez porque haya sabido también recoger influencias de ese visitante, porque haya sabido ser tierra de diálogo: diálogo entre las dos Españas romanas, la Bética y la Tarraconense, como corresponde a su frontera entre el Sur y el Levante, diálogo durante decenios y decenios entre la España musulmana y la cristiana, diálogo durante siglos entre los vestigios de la España musulmana derrotada y de la España cristiana vencedora, diálogo hoy entre los mojaqueros de siempre y una extensa colonia europea que están protagonizando, conjuntamente, el salto histórico de modernización al que asiste toda esta tierra de la que Mojácar fue avanzadilla. 

Y toda tiera de diálogo es también tierra para el diálogo. El influjo de Mojácar la maga llegó hasta a dar colorido a la España gris de la dictadura, cuando artistas con alma de ocurrentes como Perceval, escritores con alma de aventurero como Rafael Lorente o un alcalde con alma de alcalde (algo entonces difícil de encontrar) como Jacinto Alarcón reinventaron la Mojácar de siempre (la que había sido reconstruída en el paraje actual) a través de un nuevo diálogo con todo el que llegaba, daba igual si un periodista madrileño o el fugitivo cerebro del célebre asalto al tren de Glasgow. 

Mojácar fue perdiendo su sencilla y terrosa ancianidad para renacer sobre sí misma parecida, pero no igual, evocadora más que imitadora de lo que fue, para diseñar un lugar que ha sabido convertirse en un importante polo de atracción turística sin haber traicionado lo esencial de su espíritu de siempre, a diferencia de la práctica totalidad de los otros grandes centros turísticos del Mediterráneo español. 

Mojácar ha sabido incluso bajar hasta el mar y crear eso que a veces se antoja imposible, una más que aceptable primera línea de playa de las que no tapan los montes de atrás y no hacen recordar la exclamación de aquel viajero alemán que, contemplando los edificios de apartamentos que rascan el cielo, comentó en una playa de Málaga: “Detrás de eso está España”. 

Mojácar llega ya hasta Garrucha por un lado y hasta Macenas por el otro, en la ruta, por cierto, de una de las carreteras más impresionantes de la costa española, la que la une con Carboneras. Es una oferta de playa típica pero al tiempo diferenciada, porque la densidad de visitantes es baja y porque la contaminación visual no es exagerada. 

Y porque Mojácar sigue a simple vista impregnada de su característica de siempre, el diálogo. En verano, en las discotecas al aire libre de la playa no se advierten las caras de turismo masificado que tanto abundan en nuestras costas y siempre saltan rasgos de la excentricidad que aportan un colorido distinto. Y en los pubs del núcleo urbano se advierten ecos britanizantes de su diálogo más reciente, unos ecos que imponen aún más su peso en la Mojácar más tranquila del invierno, cuando el tiempo corre casi tan despacio como siempre y, por ejemplo, se puede asistir en la mañana de los domingos a un curioso rastrillo de todo tipo de objetos que tiene, en el fondo, más de tertulia y contacto humano que de compra y venta. 

Mojácar está lleno de gente curiosa de ésa que tiene un claro proyecto de vida en el que la satisfacción personal está por encima de todas las demás cosas, un mundo claramente bohemio compuesto de gente de la que puede permitirse el lujo de dedicarse sólo a sus inquietudes, ya sea porque tiene el capital para ello, ya sea porque sabe vivir de lo que le gusta, como es el caso de los muchos artesanos de la cerámica, la plata y otros metales, el cuero o la confección que se han instalado en el pueblo, y que aportan una muy especial personalidad a las calles empinadas, una artesanía de diseño moderno y a menudo vanguardista que, continuadora de una rica tradición, refleja perfectamente el mundo de los forasteros (extranjeros en la mayoría de los casos, pero con una significativa presencia también de españoles) que reside en Mojácar e incluso el de buena parte del turismo que le llega. 

Como centro turístico que es, el comercio y los servicios son los grandes sectores de la economía de Mojácar, que cuenta con una atractiva oferta hostelera, especialmente desarrollada en la zona de la playa, pero curiosa, por su variedad, en el núcleo del pueblo. De ella es preciso destacar el Parador Nacional de los Reyes Católicos y el complejo de Pueblo Indalo, un ejemplo de complejo turístico moderno que mantiene la calidad ambiental biológica y paisajística. 

Mojácar cuenta con más de 16 kilómetros de costa muy variada. Desde la playa de la Marina de la Torre, que va a contar con una impresionante urbanización, hasta la Punta del Santo, arenas, rocas, lagunas, vegetación lacustre y calas se alternan para favorecer muy diferentes tipos de relación con el mar, desde la pesca al baño familiar, desde el baño animado por los chiringuitos al nudista. La parte menos conocida de esta larga franja de costa, las que se sitúan ya en las entrañas de Sierra Cabrera, son especialmente espectaculares, y en medio de las cuales encontramos dos interesantes edificaciones defensivas, la Torre del Peñón y el Castillo de Macenas. 

Una historia como la de Mojácar tiene forzosamente que ofrecer, además de la belleza misma de su ubicación y de sus vistas, belleza arquitectónica. El ovillo de sus calles empinadas, a veces laberínticas, guarda un equilibrio urbanístico y una pureza en su planta dignas de ser observadas una y otra vez y, sin duda, de su fama en el mundo. Pero, además, están los rincones. 

La Fuente Mora de doce caños, antes de entrar al núcleo urbano, la maciza Iglesia de la Encarnación, iniciada mediado el siglo XVI, el aljibe del antiguo castillo nazarí, el Arco de Luciana y la Puerta de la Ciudad (que lleva a unos de los rincones más bellos del pueblo) merecen una mirada más atenta, aunque en Mojácar es difícil aconsejar al viajero dónde pararse, porque es una ciudad de rincones y los rincones, ya se sabe, establecen con facilidad su propio diálogo con el paseante. No hay pues, en el caso de Mojácar, más que un posible consejo al visitante: “Piérdase por sus calles, que siempre habrá algo que le hará pararse a contemplarlo”. 

No es una expresión estetizante ni priva de contenido pedir al viajero que dialogue con Mojácar, porque hay en el mundo lugares (no muchos, pero alguno existe) con capacidad innata de diálogo y Mojácar es uno de ellos. Mojácar la vieja, la de los vestigios de su inmenso aljibe, y Mojácar la actual, la que se ha reconstruído como una variante fantástica sobre la misma Mojácar, llevan mucho siglos, ya milenios, conversando con todas las civilizaciones que han querido tocar a su puerta, desde las neolíticas a la del fenómeno turístico de esta aldea global cada día más global y más mestiza, como Mojácar, y cada día más aldea, como Mojácar la que sabe absorber y evolucionar, pero sin olvidar nunca que su único secreto es la de ser, siempre y pese a todo, igual a sí misma. 

Tal vez por eso haya ejercido, maga como es, tan poderosos influjos como para haber sabido reunir a visitantes de la categoría de Garcilaso de la Vega, Alí Bey o Eduardo, Duque de Windsor, para haber dejado abierta la incógnita de si Walt Disney se llamaba José Guirao Zamora y era un mojaquero que emigró de niño emigrante infantil o como para estar esperando con los brazos abiertos y cargada de argumentos a quien quiera que desee conocerla o reencontrarse con ella, porque Mojácar tiene siempre algo que decir. 

Tanto que el Indalo salió un día de los Vélez para saltar desde Mojácar al mundo.

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