Níjar

Níjar, uno de los municipios más extensos de España, cuenta en su seno con todo tipo de atracción para el viajero que llega de todo el país a visitarlo o de los mismas poblaciones vecinas, porque desde la pedanía de Huebro hasta cualquier cala, desde los talleres del pueblo hasta la creciente extensión agraria del llano de Campohermoso, o desde el volcán de La Granatilla hasta el restaurante sobre el mar de La Isleta del Moro, el término de Níjar tiene siempre con lo que sorprendernos a todos. Y cuando en unas vacaciones o en un fin de semana no podemos acercarnos a uno de sus muchos atractivos, siempre podemos encender el televisor para vislumbrar cualquiera de ellos en un anuncio, alquilar una película en el video-club para ver la playa de Mónsul o coger uno de los muchos libros que de ellos hacen referencia, en especial Campos de Níjar, de Juan Goytisolo. 

El de Níjar es un término municipal tan grande que podemos sin exageración calificarlo de comarca, y de hecho hay en él dos partes enormemente diferenciadas, una entre Sierra Alhamilla y La Serrata y Sierra de la Higuera, el Campo de Níjar, y otra entre éstas y el mar, que constituyen la mayoría del Parque Natural Marítimo Terrestre de Cabo de Gata-Níjar, hoy declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco. Dos mundos distintos, un día unidos por la miseria, que hoy caminan de manera diferenciada la senda del avance económico que caracteriza una comarca que es ya muy distinta, por un lado, a la descrita por Goytisolo y que sigue siendo al tiempo idéntica a aquélla, porque Níjar ha sabido progresar desterrando la miseria de hace tan sólo cuatro décadas (e incluso menos) y conservando, sin embargo, su paisaje, uno de los más espectaculares del Mediterráneo, como ya hemos visto en parte en el capítulo sobre Rodalquilar. 

Al igual que en las otras zonas de la costa almeriense, hasta hace poco la historia le llegó casi siempre a Níjar por el mar. Con asentamientos documentados ya desde finales del IV Milenio antes de Cristo (la prehistoria ha dejado en el término de Níjar rasgos significativos como la necrópolis de El Barranquete, el Marchal de Inox o el Cerro de los Tiestos) fueron los pueblos que viajaban comerciando por el Mediterráneo los que colocaron a Níjar en la historia. Los fenicios descubrieron la importancia de esa esquina del mar que divide el Mediterráneo sur del levantino, el cabo de Gata, y a ellos se les debe su nombre (de Promontorio Charidemo, o Promontorio de las Agatas); los cartagineses levantaron en él el santuario que los griegos identificaron con Afrodita y que luego los romanos consagraron a su Venus; y los romanos efectuaron las primeras obras hidráulicas en la zona, levantaron industrias de salazón e iniciaron la explotación del oro en Rodalquilar.De épocas árabes datan algunos enclaves de fortificación y, tras la Reconquista, la expulsión de los moriscos, las penetraciones de los piratas, los terremotos y las plagas mantuvieron la comarca deprimida y aislada hasta el XVIII, cuando la fortificación costera permitió la estabilidad de unos asentamientos que vivieron casi exclusivamente del pastoreo y los cereales hasta la edad de oro de la minería almeriense, en concreto a partir de la mitad del XIX, cuando la explotación de las entrañas de la tierra elevó en poco más de medio siglo la población de los 6.000 habitantes de 1840 a los 14.000 de 1900 y cuando cables transportadores llevaban el mineral desde el Colativí y Huebro hasta Cabo de Gata y un ferrocarril desde Lucainena a Aguamarga. Pero la minería se hundió a lo largo del primer tercio del siglo XX y el oro que volvió a explotarse en 1930 en Rodalquilar apenas se empujó tres décadas en la historia para dejar una nueva profunda depresión supereda en los últimos años con la agricultura en el Campo de Níjar y el turismo en la costa. 

La de Níjar es la comarca de las inmensidades, de la luz y de leyenda, como se advierte en cada uno de sus barrancos y sus rincones, empecemos por donde empecemos a surcar su amplio término municipal, ya llegando desde Lucainena de las Torres a través de Sierra Alhamilla, desde el mar, desde el valle del Río Aguas o desde los llanos de El Alquián. 

Inmensidad, luz y leyenda se dan ya cita en Huebro, el pequeño pueblo que asoma a Sierra Alhamilla como un balcón sobre Níjar. A cinco kilómetros de la villa por una carretera que va sorprendiendo, a medida que se asciende, por el paisaje que la circunda y por la visión que abre, a sus pies, de toda la comarca, el muy poco poblado Huebro es, en sí, no sólo el mirador hacia un impresionante paisaje, sino también un mirador hacia la historia. Las ruinas del castillo árabe, que dominan la pedanía, los molinos junto a la rambla, la iglesia mudéjar, el frescor de unos imponentes olmos y el sonido del agua de su fuente hablan de un pasado mucho más activo que el presente que multiplica, en los alrededores, su presencia en los vestigios de la minería y en la frondosidad de su vega. Destino de una bella romería que se celebra a principios de octubre, Huebro puede ser el centro de una más que recomendable jornada de excursión a pie por Sierra Alhamilla entre espectaculares barrancos que nos descubren grutas, desfiladeros, pequeños manantiales, cortijos diseminados, sorprendentes bocas de mina, restos moriscos y miradores que dominan, como el pueblecillo mismo, toda la comarca. 

Contrasta, desde el verdor de Huebro, el panorama que se abre enfrente, el llano hasta Sierra de la Higuera, La Serrata, Sierra de Gata con su cabo y el mar, un mar que, desde la altura, domina incluso las sierras que, más abajo, cierra el horizonte. Observatorio de un llano cuyos invernaderos dan la medida de la creciente prosperidad de la zona en constante, de una tierra seca y de un mar al final siempre presente en los campos de Níjar, el paisaje tiene un ingrediente más, la luz, la luz en sí misma, que, más incluso que en otros lugares de la provincia, se alza como un componente que llama la atención sobre sí misma, porque en Almería en general y en la comarca de Níjar en particular, la luz no sólo sirve para dejarnos ver, sino que se convierte en objeto primordial del horizonte, como si quisiese hacerse ver ella misma: luz que en las horas de sol álgido cubre el entero horizonte de una pátina lechosa y blanca que desdibuja los perfiles y luz que en sus horas tenues multiplica, por el contrario, la nitidez de luces y de sombras perfilando hasta el extremo el más mínimo detalle; luz que al tiempo ilumina y ciega; luz que hace bailar el horizonte como si todo tuviera movimiento y luz que lo fija como si todo estuviera muerto. 

Inmensidad del paisaje que se abre a los pies, inmensidad de la luz que lo presenta bajo distintos celofanes e inmensidad, recalando hacia atrás en la historia, del tiempo definen a Huebro y van a definir, igualmente, la villa de Níjar, uno de los más interesantes pueblos de Andalucía. 

Níjar es no sólo un pueblo muy bello centro de una comarca de exuberante belleza, sino un pueblo, además, lleno de curiosidades, un pueblo cargado de personalidad, como no podría ser de otra manera en la capital de un término tan cargado de leyenda. Villa que festejó la llegada de Carlos III con una euforia tan poco contenida que decidió dar fuego a todos sus bienes para partir desde cero en tan significado momento (y es curioso que los nijareños no se equivocaran aquel 13 de septiembre de 1759, porque Carlos III fue un gran rey al que España debe uno de los pocos decididos impulsos de modernidad en su historia) y villa que saludó la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea con una pintada genial (“Enhorabuena, europeos, ya sois nijareños”), Níjar respira personalidad por todos sus poros. De entrada, la misma visión del pueblo llama poderosamente la atención desde el llano, como perfectamente describió Goytisolo: “La primera impresión- agreste y un tanto inhospitalaria- que Níjar inspira al viajero que viene por el camino de Los Pipaces se desvanece con la proximidad. Los alrededores de la villa son ásperos, pero el esfuerzo del hombre ha transformado armoniosamente el paisaje. La ladera del monte está escalonada de paratas. Frutales y almendros alternan sobre el ocre de los terrenos y los olivares se despeñan por las vegas, lo mismo que rebaños desbocados. Níjar se incrusta en los estribos de la sierra y sus casas parecen retener la luz del sol”. 

En pleno proceso de modernización que se advierte de año en año y casi de mes en mes, Níjar, como el resto de su comarca, no es ya el pueblo, cargado de miseria y medias palabras, de hace apenas cuatro décadas que describió certeramente Goytisolo, pero conserva, sin embargo, todo lo de positivo que en él había, como si el tiempo (un rápido tiempo) hubiera sabido en su carrera por el recuperarse a sí mismo hacer añicos lo peor y mantener lo mejor, o sea, hacer del desarrollo auténtico progreso. A Níjar han llegado casi de golpe muchos de los signos exteriores de la calidad de vida sin haber roto ni el entorno de su vega ni el de un pueblo que conserva su gusto morisco, su arquitectura popular y sus más que conocidas tradiciones. 

A lado y lado del ramblán que lo divide, el Níjar más acomodado de arriba y el Níjar más popular de abajo dan al viajero dos distintos conceptos de belleza que mantienen un mismo hilo conductor, el gusto morisco y, más allá, árabe que impregna sus callejuelas y sus vistas. Una curiosa plaza central flanqueda por el Ayuntamiento y su iglesia morisca (antigua mezquita), unos callejones que se enroscan sobre sí mismos mientras trepan la montaña, una bella plaza del mercado, un muy cuidado aspecto de fachadas y balcones (frecuentemente cargados de flores) y una configuración urbanística que asemeja la estructura de bancales a cuya imagen y semejanza (¿o fue tal vez al revés?) levantó la España musulmana de Al Andalus sus pueblos empinados, hacen de por sí atractivo el núcleo central de una villa que reserva a la vuelta de sus esquinas y tras sus portones aún muchas más sorpresas al viajero, en unos casos meramente paisajísticas (la inmensidad del horizonte no es la de Huebro, pero no por ello deja de ser en algunos puntos espectacular) y en otros como resultado de la sabiduría aglomerada por el hombre y la mujer a lo largo de la historia, como es el caso de los telares. 

Heredera de una rica tradición, la artesanía textil es uno de los principales atractivos turísticos del pueblo de Níjar. Entroncada con la norteafricana, de la que proviene, la “jarapa” nijareña debe su fama a su mismo proceso de fabricación, y en especial a la materia prima con la que se elabora, los harapos, o trozos de telas ya usadas, una materia que, por definición, da en su reelaboración un colorido imprevisible e irrepetible: nunca una auténtica pieza textil de nïjar es idéntica a sí misma. En su inicio protector de colchones contra los roces, la jarapa empezó a usarse para la recogida de la aceituna como tendal, como manta bajo las sillas o aperos de las bestias y en seguida como alfombra, utilidades a las que ha añadido la de colcha, cubresillones y hasta la de tapiz, y el tejido ha sido y es utilizado también para hacer bolsos, ponchos, chalecos, bufandas, fundas para el asiento de coches, etc. De colorido chillón, llamativo y, en todo caso, muy especial, el tejido de jarapa es muy apreciado y, en ocasiones, se ha llegado a combinar con buen resultado la casualidad cromática que, por definición, da su proceso con el diseño en una experiencia que, practicada a mayor escala, podría arrojar en el futuro excelentes resultados. 

Pero la vital y cuidadosa Níjar no sólo mantiene esta tradición artesanal, sino que es también conocida por su alfarería, a la que primordialmente se dedica el otro núcleo del pueblo, el de abajo. 

Tienen rasgos comunes las dos muestras de la artesanía nijareña. Como en el caso de las jarapas, las piezas de alfarería han llamado su atención por su colorido intenso y la tosquedad de sus formas. Llegada hasta nuestros días, los procedimientos de fabricación siguen siendo los mismos de antaño, incluída la característica triple muesca de los trébedes sobre los que posan las piezas. Moldeadas a mano con la ayuda de rudimentarios instrumentos como el torzal (cordel de esparto con el que se corta el barro sobrante de la pella que se ha puesto sobre la cabeza del torno) o el castillón (caña que da la medida), los dibujos s elogran con óxidos de metal: de hierro para el amarillo; de cobre para el verde; de manganeso para el marrón; de cobalto para el azul; de todos ellos para el gris. Muy vistosas las vidriadas de colores y elegantes las de dibujo azul sobre blanco, las piezas de la alfarería nijareña se han convertido no sólo en símbolo de la villa, sino que han llamado la atención de ceramistas que han pasado largas temporadas o incluso se han establecido en Níjar para investigar las técnicas alfareras y producir todo tipo de cerámica que alternan frecuentemente la más pura tradición con el diseño más vanguardista. 

Pero Níjar no es sólo tradición. El llano inmenso que desde Huebro o de la misma villa se ve entre la Sierra Alhamilla en la que se alzan y las sierras de enfrente, Sierra de la Higuera, La Serrata y Sierra de Gata, es hoy un campo en pleno proceso de desarrollo que avanza a marchas forzadas en su producción y que espera, para su definitivo despegue, la solución al gran problema con el que se encuenra el municipio, el de la ausencia de agua. Invernaderos e invernaderos proliferan en Campohermoso, San Isidro y, en general, todo el llano y parte de las laderas que lo cierran formando un paisaje típico de poblados de colonización y rápido crecimiento en los que se advierte, a simple vista, la atmósfera inconfundible que dan el trabajo y el paulatino aumento del nivel de vida. Con un volumen de producción hortícola que se situa en el 20% de la producción provincial, el Campo de Níjar, que cuenta ya con una importante feria agrícola, es uno de los principales puntales de la pujante agricultura almeriense y tiene aún inmensas posibilidades de crecimiento si se resuelve el problema del agua con la construcción de la necesaria y urgente desaladora que la comarca espera sin más dilaciones ni retrasos para que definitivamente pueda fructificar el duro trabajo de unos agricultores que, como en otras zonas de la provincia, están concretando contra adversidades que a veces podrían parecer insuperables el llamado milagro económico almeriense. 

En este llano que observábamos en la inmensidad de la vista desde Sierra Alhamilla, el hombre y la mujer han emprendido una nueva leyenda que se sumará en la historia a la de las minas, la artesanía mantenida desde tiempos árabes o la de su mismo paisaje que tienen a lado y lado cargado de historia y de belleza, una épica de lo cotidiano para la que en su día reclamaban agua a desesperados gritos por las paredes (como recoge Juan Goyitisolo en su espléndido viaje por la comarca) y que hoy, cuatro décadas después, ha alcanzado una importante producción aún con la falta de ese agua que se sigue reclamando para que nunca más la riqueza pase de largo por la comarca, quedándose en ella apenas unos años, como sucedió en la Níjar minera. 

Níjar de la inmensidad, de la luz y de la exuberancia; Níjar que ha demostrado saber conservar una industria ancestral y saber levantar nuevas industrias como las que hoy empiezan a jalonar la autovía (entre ellas la del granate, en la embocadura a uno d elos más curiosos lugares de la comarca, el precioso volcán de La Granatilla); Níjar que ha sido capaz de vencer su propio destino seco y de ir combinando crecimiento económico con paisajes de enre los más bellos y sorprendentes del Mediterráneo; Níjar, en suma, de leyenda en la que todo parece hecho por la naturaleza y por el hombre (hasta en los momentos más oscuros de la psique humana) para seguir fraguando su bien merecida leyenda de comarca cargada de personalidad, de una personalidad que a menudo, como su luz, abruma. 

Pasando La Serrata desde el llano fértil sólo a golpes de trabajo, superada la pequeña cadena que emite bajo la aplastante luz destellos morados y que enseña en los atardeceres un cielo y una tierra que parecen incendiarse, en el camino trasero a la mina de oro, un enorme cortijo medio derruído que muestra con orgullo su capilla, los restos secos, casi petrificados, de una elegante fila de árboles, unas extensas porquerizas y un imponente aljibe, el Cortijo del Fraile, fue el escenario de un crimen que conmovió a la comarca en julio de 1928, que saltó a la prensa almeriense y la de Madrid y que sirvió de base para una de las principales obras teatrales de Federico García Lorca, Bodas de Sangre, y para la novela “Puñal de claveles”, de uno de los más interesantes personajes que ha dado nuestra provincia, la escritora feminista Carmen de Burgos, natural de la cercana Rodalquilar. 

De ese cortijo de El Fraile una mujer se fugó, en las horas previas a su boda, con un primo del que estaba enamorada, huyendo del destino que le tenía preparado (un matrimonio de conveniencia) su propia familia. Un hermano del novio los sorprende por el camino mientras huyen sobre una bestia y mata al amante para lavar la honra de su hermano. La mujer queda viva, pero marcada para los restos, según los cánones de la época en aquella entonces tan atrasada España. El profundo García Lorca tiene los ingredientes para una tragedia y escribe una obra que completa su trilogía sobre la mujer y la vida rural. Aplica las pocas variaciones necesarias para intensificar literariamente la tragedia y logra un texto teatral de inmensa calidad y gran intensidad dramática que ha dado la vuelta al mundo y ha inspirado no menos de cuatro óperas. La feminista Carmen de Burgos tiene los ingredientes para una novela en la que cambia el final para no reconocer la derrota de la mujer (que en “Puñal de claveles” logra huir con su amado) y animarla a rebelarse contra la entonces tremenda opresión a la que estaba sometida por el entorno familiar. 

El Campo de Níjar, pues, hasta en el más negro de sus sucesos ha logrado seguir sembrando leyenda. Una historia cargada de leyenda y un presente que se va cargando de leyenda sobre las espaldas de generaciones y generaciones de personas que han sabido conservar con ahínco lo propio, en medio de un paisaje que desde el verdor de Huebro hasta el polvo del desierto o el frescor del mar y bajo una luz que impregna toda la comarca de una fuerte personalidad que ha atraído la atención de escritores y artistas y que nada tiene que envidiar a la de cualquier otra mítica tierra.

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