Zurgena

En plena curva del Almanzora, donde el curso del río gira para embocar el mar, y por lo tanto en una encrucijada de caminos (Valle del Almanzora a un lado; llanos del Bajo Almanzora al otro), entre campos de frutales, Zurgena se alza casi en serpentín sobre una colina del margen derecho del río, justo enfrente de su réplica de La Alfoquía, el otro gran núcleo del término municipal, crecido alrededor de la estación. 

Pueblo bonito y de curiosa planta, Zurgena ha dado en estos últimos años un paso de gigante que no sólo ha servido para remodelar un pueblo en el que hace unas décadas parecía que iba a ser imposible frenar el deterioro, sino para engancharse al proceso de desarrollo de la comarca en particular y de la provincia en general a través de un pequeño pero más que suficiente tejido industrial de extracción y manufactura del mármol y de metalurgia con el que acompañar a la agricultura de la que siempre vivió, o a veces malvivió, el pueblo del que un día tuvieron que salir demasiados hijos camino de la emigración, como fue el caso del más importante artista almeriense del siglo XX, el pintor Ginés Parra, nacido en 1896 y cuya familia tuvo que trasladarse a Orán cuando era aún un niño. 

Artista de raza que inició su carrera de pequeño modelando arena de las playas del norte de Africa, Parra emigró a su vez a Buenos Aires y después, a Arizona y Nueva York, donde alternó los más difíciles trabajos con sus primeras obras. Trasladado a París en 1920, su enorme fuerza creativa lo colocó inmediatamente entre los grandes, en el grupo de su más encendido admirador, Pablo Picasso. Sin embargo, el emigrante de Zurgena que fue niño en Orán y minero en Arizona dejó de ser visto un día en la corte del Arte, conmocionando el mundo cultural parisino: Parra no había desaparecido, sino que había vuelto con los suyos en el momento más duro del siglo XX, la Guerra Civil. Combatiente anónimo por la República, de nuevo fugitivo derrotado, su vuelta a París supuso su consagración y llegó a ser tan carismático que el mismo Pablo Picasso fundó la Sociedad de Amigos de Parra y Alberti cantó su personaliad y su obra en libro “A la pintura”. 

Parra podría ser, con su biografía, la metáfora de un pueblo que abraza la tierra fuerte de una colina y que lucha denodadamente por reencontra su pasado calle a calle y fachada a fachada, como Zurgena, la que ha sabido honrar su recuerdo y el de su artista recuperando sus piedras y buscando un pan para sus hijos que nunca más deberían emigrar, como aquel pintor que tuvo que saltar los mares y vencer las más penosas tareas para demostrar que, simplemente, era capaz de existir.

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